Fuera comenzó a llover de nuevo. El sonido del agua golpeaba con insistencia las vidrieras del gran rosetón, camuflando los quejidos de los tres hombres, perdidos y asustados sin su líder, Cisón.
Manslou sintió un escalofrío. Quien quiera que estuviese detrás de los asesinatos sabía perfectamente lo que hacía, y lo peor, sabía perfectamente quién era él. Haberle citado en Aquitania no podía deberse a una casualidad, eso seguro, pero… ¿qué estaba pasando por alto?
El detective abandonó sus pensamientos cuando los tres tipos se dirigían a la puerta:
- Yo de vosotros no haría eso, -grito Manslou desde el Presbiterio- A no ser que queráis mojaros, como ellos. -Dijo señalando la tétrica imagen a sus espaldas.
-¡Maldito turco de mierda! -Replicó uno de los hombres- ¡Pues dinos!, ¿se te ocurre algo mejor para salir de aquí?
-No vamos a salir. -Se impuso el detective, dispuesto a tomar el mando- Ahora seguidme.
Los cuatro hombres abandonaron la nave central y se adentraron en uno de los pasillos. Una a una, fueron inspeccionando las habitaciones contiguas, hasta encontrar un lugar seguro. O al menos, más seguro que la nave central, donde eran completamente vulnerables.
Por fin Manslou se decidió. La sacristía estaba repleta de enseres religiosos y hábitos de distintos colores, entre los que esconderse, pero era fácil de examinar y tenía salida al exterior, a través de una pequeña ventada vidriada.
Una vez asentados, Manslou se dirigió a ellos:
- Esperaremos aquí hasta que deje de llover, y ahora, contadme todo lo que sabéis, sospecho que tendremos mucho…
La melodía de un teléfono interrumpió sus palabras.
- ¡Es el móvil de Cisón! -Susurró aterrado uno de los tres- Parece venir del cuarto de al lado
- Respondamos, -sentenció Manslou.
Sin separarse, y con el detective como guía, se adentraron en la estancia vecina, hasta alcanzar el aparato.
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