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Un cadáver exquisito VI

8 de marzo de 2011

Los ojos de Cisón se abrieron como platos.

- También debo hablar con Grango – dijo Asier desde el otro lado del teléfono.

La seriedad del rostro de Cisón se hizo más severa.

- No salgas del pórtico. En esta zona, cuando llueve así, ocurren cosas muy extrañas. Vamos a buscarte. Cisón se dirigió a un armario situado detrás de la puerta y saco dos ponchos impermeables de color gris metalizado.

- Acompáñame. - Le dijo a Grango arrojándole uno de los ponchos. Cuando terminaron de vestirse, cedió su revolver a uno de sus compañeros. - Si hace algo extraño, no dudes en dispararle.

Salieron rumbo a la Iglesia. En la habitación, los cuatro hombres permanecieron en un tenso silencio. Pasaron los minutos. Las miradas de los hombres se cruzaban entre sí. Media hora después, aún no habían vuelto. Quién sujetaba el revolver se asomó a la ventana.

- Ha dejado de llover- dijo.

En ese momento, oyeron unos desesperados gritos que venían de la Iglesia. Los tres compañeros se miraron.

- Vamos corriendo – dijo el del revólver.

A toda velocidad, bajaron por la senda que les había llevado hasta la casa. Maslou iba el primero, quién tenía la pistola le apuntaba por detrás. Al llegar al pórtico, vislumbraron una imagen que parecía dantesca. Al acercarse, corroboraron sus temores: un hombre que no conocían colgaba de sus pies cabeza abajo en la puerta de la iglesia, rajado desde el abdomen hasta el cuello. Moribundo, murmuraba palabras confusas. Maslou se acercó para tratar de entenderle. “Las sombras”, acertó a decir el desdichado mientras señalaba con sus ojos hacia el interior de la iglesia. En ese momento, la vida le abandonó, cayendo de su mano un papel con un nombre: Grango. Rápidamente, Maslou empujó el portón. Los cuatro hombres entraron en el interior. Al levantar la vista hacia el altar, observaron con horror lo que tenían ante sí. En la cruz, a cada lado de la figura de Jesús, colgaban los cuerpos de Cisón y Grango ahorcados por sus propios intestinos. Debajo de ellos, una inscripción en latín, escrita con sangre en el pie del crucifijo, decía: “FIDES NON ES SCIENTIA”. Fé no es ciencia.

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