Cisón, con un ademán, le indicó que se sentara.
Mientras, los demás, metódicamente, iban colocando cubiertos, aperitivos, vasos, pan, servilletas y demás enseres necesarios para un contencioso banquete.
- Las noches, en Aquitania, son frías y húmedas. Mejor combatirlas con un buen fuego y una comida caliente – masculló Cisón, encendiendo la chimenea.
Maslou asintió con la cabeza, a pesar de saber que no le miraba. Como si de sirvientes se tratara, los cuatro hombres silenciosos se dispusieron a servir la comida. “Se nota quién es el líder” pensó Maslou. El detective era un gran aficionado a los banquetes y festines culinarios, sin embargo, en aquel momento, no se sentía cómodo rodeado de tanta comida; su cuerpo le pedía algo completamente diferente…
- Si me disculpan, voy a rechazar amablemente su invitación. No quiero ser descortés, pero… ahora mismo tengo el estómago cerrado. Serán los nervios; solo me entra una cosa – dijo el detective, mientras sacaba de su gabardina una petaca plateada.
- En absoluto se sienta maleducado, ha sido un largo camino, aún no le hemos contado nada… además es usted nuestro invitado, un gran invitado – respondió amablemente Cisón. – Le pondré al corriente de la situación, si lo desea.
- Se lo agradezco. Puede que así, incluso, me entre un poco de hambre…
- Espero que así sea. – replicó Cisón – Aunque lo que le tengo que contar no es de fácil digestión… Todo empezó hace un mes, cuando empezaron a morir repentinamente todos los habitantes de nuestro pueblo. En cuanto pude, creé un pequeño comité de investigación para intentar aclarar lo sucedido. Descubrimos que las muertes se debían a los forasteros que aparecían por el pueblo ese mismo día con un papelillo en las manos con un nombre escrito. Cada trozo de papel correspondía a una nueva víctima identificada…
- Increíble. Entonces no estamos hablando de muertes… ¡sino de homicidios! ¡de actos premeditados!
- Claramente. Mediante estos “mensajeros” se nos avisaba de cuál iba a ser nuestra siguiente víctima. Pero la impotencia era nefasta. En cuanto el forastero se ponía en contacto con nosotros desparecía el papel con el nombre escrito, nombre que solo nos llegaba a través de sus palabras, ya demasiado tarde. Intentábamos salvar por todos los medios a la persona indicada… pero era imposible.
- ¿Imposible? ¿Cómo imposible? Pero… ¿cómo mueren las personas?, ¿y los forasteros?, ¿les detienen?, ¿qué saben de ellos?
- Nada, no sabemos nada – respondió afligido Cisón – desaparecen sin dejar rastro, como esos mortales papeles que cargan. ¿Y las muertes? – suspiró – prefiero no hablar de las muertes…
- Entiendo – dijo Maslou, viendo cómo la seguridad antes mostrada por aquel hombre se desmigajaba peligrosamente.
- Perdone, pero… a veces, no consigo calmar mis nervios. Ya solo quedamos cinco con vida y…. – meneó la cabeza, abatido - discúlpeme, antes de continuar, ¿qué es lo que está bebiendo?, ¿me podría dar un trago? Creo que lo necesito…
- Raki – declaró Maslou, orgulloso – la pócima mágica para cualquier turco que se precie. Tome, tome… esto le curará todo.
La cara de Cisón cambió bruscamente. El aparente rostro afable que estaba empezando a amanecer oscureció de repente. En sus ojos, volvía a aparecer el miedo.
- ¿Turco? No pensé que fuese usted de allí. Creía que era vasco.
- ¿Vasco? – inquirió Maslou, sorprendido.
- Si, en la agencia me dijeron que me mandarían a un detective vasco. El mejor de la región, según tengo entendido…
- Pero… ¿qué agencia? Cuando aquel hombre me llamó, solo me dio un nombre y… - titubeó Maslou, sin saber qué estaba pasando.
Cuando quiso darse cuenta, Cisón ya estaba de pie, frente a Maslou, en actitud amenazadora. En sus ojos, vio, por primera vez, la ira.
- ¿Quién, cuándo, cómo, dónde te llamó?
- Eh…no sé… hace dos días… a mi casa, eh… un hombre me dio su nombre… me dijo que lo apuntara en un papel, no sé, me dijo que… era muy importante, que no me olvidara. Me dijo que llegara hoy aquí, que preguntará por Cisón, que él me ayudaría, que… y…
- Atadle– espetó Cisón, sacando un revolver de su chaqueta– esta vez no voy a dejar que ningún “mensajero” se vuelva a llevar a uno de los míos. ¿Qué nombre te dio? ¿Qué nombre estaba escrito en ese papel? ¡Contesta!
Pero Maslou no tuvo que responder. La mirada lastimera de Grango, el más alto de aquellos hombres, no daba lugar a la duda.
- ¡Maldito bastardo, traidor!- bramó Cisón-, ¡Vas a pagar por esto!
- Pero…eh… yo no sabía… en serio, de verdad, ¡créeme! Se lo juro… -gimoteó Maslou - No sabía nada de esto, yo… por favor… ¡yo quiero ayudarles! ¿Qué tengo que hacer?…
- Callarte– respondió Cisón, tajante, mientras apuntaba con su revolver a la cabeza de Maslou– y despedirte…
Allons enfants de la Patrie, le jour de gloire est arrivé! Contre nous de la tyrannie…
Según se deslizaba aquel dedo por el gatillo sonó una melodía de móvil. Era el teléfono de Cisón. Todos se miraron, sorprendidos. “Un minuto más de vida” le dijo a un Maslou en estado de shock. Después cogió su móvil.
- ¿Quién es?
- ¿Cisón? Estoy aquí, donde me dijiste… en la iglesia; he llegado algo tarde, lo siento… soy Asier Ibarrondo.
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