Salieron de inmediato, como si sus palabras hubiesen despertado un temor ya conocido.
Les seguía unos pasos por detrás o ellos le guiaban unos pasos por delante, fuera como fuera, por mucho que acelerase el paso, la distancia se mantenía. El cielo se iba cubriendo con nubes de color bilioso cada vez más oscuro y, advirtiendo como aumentaba el nerviosismo de sus extraños guías, saltaron una verja en dirección a lo que parecía una casa abandonada. Al tiempo que se escuchaba un extraño llanto venido del horizonte sintió un fuerte agarrón y como le llevaban hacia el interior de la misma por una ventana, parecía una coreografía que hubiesen ensayado miles de veces.
Cuando le soltaron se dio cuenta de que ya no tenía el papel en la mano. Buscó meticulosamente en los bolsillos de su gabardina pero el más alto de los hombres le sujetó violentamente del brazo:
-No te preocupes, ya aparecerá. – dijo mirándole fijamente a los ojos, como si supiese con exactitud qué era lo que buscaba.
-Es igual, solo era un papel con un nom...
-Siempre, solo un nombre... – interrumpió murmurando.
Un escalofrío le recorrió de la nuca a los pies.
Súbitamente el cielo se oscureció y empezaron a caer pequeñas gotas amarillentas, brillantes como un cuchillo. Cisón estaba en lo cierto.
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