Tras el último amén del casete los cinco hombres se fueron levantando ordenadamente y besaron el ataúd. El último, el mismo que había invitado a Manslou a pasar, le mostró una pequeña figura humana de madera que después depositó sobre la tapa de nogal. Ladeando la cabeza, le indicó al detective que les acompañara.
-Esta figura supone un talismán al que aferrarse al vagar por los senderos de la muerte- le explicó mientras se dirigían a la salida.- Sin ojos para no ver el horror que sufren los que quedaron atrapados en el camino, sin oídos para no enloquecer ante los gritos de las almas hechizadas.
-Si al menos la muerte fuera el fin... - se lamentó otro de los hombres conteniendo las lágrimas.
Cruzaron la imponente puerta de madera. Había anochecido. El viento soplaba con fuerza y un rayo iluminó tenebrosamente la calle vacía. Manslou cerró con fuerza la mano en la que aún mantenía el papel.
-Imagino que usted debe ser Cisón – dijo con voz decidida dirigiéndose al hombre del amuleto – Me gustaría hacerle algunas preguntas sobre...
-¡No! - gritaron los cinco al unísono.
Y convirtiendo su voz en un susurro, el que efectivamente era Cisón, añadió:
-No debemos hablar aquí. En Aquitania ya nada es lo que parece. Debemos apresurarnos. Pronto empezará a llover y, créame, no querrá usted mojarse.
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