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Un cadáver exquisito I

El coche aparcó frente a la iglesia, Manslou bajó de él vestido con su vieja gabardina marrón que siempre le acompañaba en todos sus trabajos. Del bolsillo interior de la gabardina sacó un pequeño papel arrugado, en él llevaba escrito el nombre de la persona que le había telefoneado a su móvil dos días antes. Con paso firme se dirigió hacia la puerta del templo para encontrar a su contacto; no había nadie en toda la calle y parecían deshabitadas la mayoría de las casas del pueblo.
No pudo disimular su sorpresa cuando al entrar vio que la iglesia estaba casi vacía, tan sólo había un grupo de cinco hombres sentados en la primera fila de bancos. Uno de ellos se dio la vuelta al oír la puerta abrirse e hizo un gesto de invitación con la mano para que Manslou se acercara. Según caminaba por el pasillo entre los bancos, Manslou pensaba que quizá no debería haber aceptado aquel trabajo; aunque no era el primero que hacía de ese tipo, había algo allí que no le gustaba.
Al llegar a la altura de la fila de bancos donde se sentaban los cinco hombres, Manslou se dio cuenta de un detalle: no había ningún párroco dando la misa, tan sólo un pequeño aparato de casete del que salía el sermón, y un ataúd de madera de nogal frente al altar. Habían muerto, paulatinamente, todos los habitantes del pueblo en el último mes, y allí estaba la última víctima. Manslou dirigió una sonrisa a los cinco hombres y se sentó junto a ellos. Después, hubo un largo silencio.

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