Bastó una mirada en medio de aquel arco iris de ruidos y luces de ocio nocturno. Me agarraste de la cintura, sin mediar palabra, y me guiaste sin dudar hacia tu boca, sedienta de mis besos.
Me encontré, cara a cara, con una máscara nevada desde tu flequillo atezado, salpimentada por tus ojos omnívoros, por tu piel azucarada con pequeños tintes sonrosados. Tenías el punto de ebullición exacto del ángel travieso que juega con ser un demonio y me dejé seducir por tu rostro nacarado.
Primero congelé tus labios, el arco del triunfo de cualquier bella mujer, para después acceder al paladar patinando sobre un camino de placer helado. Después me meciste en tu boca al son de una nana empapada por la intensa lluvia que caía, no de las nubes, sino de nuestros deseos. Tu lengua me había cubierto ya de saliva y vicio por completo cuando comenzaste a degustar el sabor amargo de mi cuerpo. Un pendiente plateado que lucías en tu labio inferior fue la causa de una escaramuza entre tus caricias y mis cosquillas, mientras me enjabonabas de placer con la juguetona esponja rosácea que bailaba entre tus dientes.
Toda mi silueta estaba marcada con la forja ardiente de tu boca. Mi excitación crecía, aventurera, y quiso más, y más… y decidí desentrañar la curvatura de tus caderas y la protuberancia de tus senos. Una gota de mi ser saltó del labio a tu cuello, para descubrirte con mi caricia espumosa, para trazarte con mi sonrisa un leve te quiero. Allí abandoné aquel tatuaje invisible y proseguí mi camino delimitando tu pecho con la húmeda estela que iba dejando a cada paso. Seguí deslizándome por el tobogán de la lujuria dejando atrás tu ombligo. Seguí recorriendo tu piel, cada vez más excitada. Seguí bajando, un poco más, rumbo a lo desconocido…
Fui empapelándote con pedacitos de mí, adornándote con ellos por dentro y fuera de tu ser, hasta convertirme en un complacido mensajero de tu cuerpo, en una simple consumición para el resto, en un dichoso trago para ti. Me desnudaste por completo de mi coraza vidriosa, dejando mi ropa, el botellín, en la barra. Parecía, simplemente, líquido tu esófago, pero era más, mucho más… era mi alma en tu paraíso…
No sé cuántos segundos podrás recolectar pensando en mí, ni siquiera sé si recordarás el nombre que jamás me preguntaste; lo que sí estoy seguro es de que a ningún hombre premiarás, por mucho que desees, como me premiaste a mí: dejándome derretirte mi alma con la única esperanza de gozar de tus entrañas para siempre.
Yo, que disfruté tanto contigo; tú, que bebiste entero de mí; yo, que para ti, tan solo fui un tercio de cerveza; tú, que sin saberlo, me cobijaste eterno en ti.