Érase una vez una niña que soñaba con volar.
Desde bien pequeña, cuando alguien le preguntaba qué quería ser de mayor, siempre respondía lo mismo: un pájaro.
Fue creciendo, y poco a poco, los adultos le enseñaron que algunos sueños eran imposibles de realizar. Convertir a una niña en pájaro lo era.
Cuando fue a la escuela, vio que las personas habían inventado una especie de aves gigantes para poder volar en ellos. Comenzó a decir a todo el mundo que quería ser piloto de avión; cosa que a su mamá no le pareció buena idea, ya que la convenció de que ese oficio “era, más bien, cosa de hombres”, y sería mucho mejor para ella hacerse azafata.
Ya en el instituto, algunos profesores se sorprendieron que una chica con sus aptitudes pudiese tener tan poca ambición profesional, y le sugirieron que, con esa inteligencia, era más rentable dedicarse a estudiar una ingeniería (aeronáutica si le gustaban los aviones) porque así podría ganar más dinero y conciliaría mejor su vida familiar, pues, por lo visto, las azafatas viajaban mucho, y así era difícil encontrar un marido y formar una familia.
Por lo tanto, aquella niña que soñaba con volar, decidió, al llegar a la universidad (por adulta, por mujer, y por su futura familia) que sería ingeniera aeronáutica. No quería dejarse influenciar por su entorno, pero vio que si, realmente, quería hacer su sueño realidad, volar como los pájaros, hacer que el cielo fuera su reinado, lo mejor sería que estudiara lo máximo posible sobre el arte aeronáutico, con la intención de inventar un objeto que permitiese volar al ser humano tan fácilmente, que, incluso una niña pequeña, como antes ella, con esa ilusión, pudiese utilizarlo.
Todo esto, me lo contó ella un día tomándonos una cerveza en la facultad. Yo solo la conocía de clase, desde hacía unas semanas, y a la casi obligatoria pregunta “¿por qué estás estudiando aquí?” ella me contestó de esa manera.
No puedo decir con exactitud, si fue en ese momento justo cuando comenzó a gustarme, pero si algún día alguien me lo preguntara, yo le diría que sí. A partir de esa conversación, la preciosa joven en que se había convertido aquella niña que soñaba con volar, me tuvo completamente obnubilado. Durante aquel cuatrimestre, intenté, sutilmente, sentarme cerca de ella en clase, arrancarle alguna fugaz conversación de aquella boca que moría por besar. Al poco tiempo, la suerte me sonrió al conseguir ser su pareja para un trabajo de termodinámica.
Durante aquel estudio la cosa empezó ya a funcionar, y, aunque masa aún no intercambiamos demasiado, el sistema térmico sí que transitó de un cuerpo al otro, bastante rápido además, lo que provocó una dinámica de besos nada despreciable, que fue la gran culpable de que pudiese experimentar el principio de conservación de la energía en mi propio cuerpo. En aquel trabajo sacamos un notable alto por lo que decidimos ponernos juntos de nuevo en una práctica de mecánica de fluidos.
Si en la termodinámica nos fue bien, en los fluidos nos fue mucho mejor. Visto desde una descripción euleriana, el movimiento de mi fluido tuvo un valor inmensamente placentero en el punto G en el instante justo en el que comencé a amarla. Como lo fundamental de la mecánica de fluidos es la hipótesis del medio continuo, determiné que era el momento oportuno para continuar y, debido a mi conducta pasional y enamoradiza, decidí buscar el resultado ese mismo día.
Le propuse salir, potencialmente (casi al cuadrado), y ella me contestó, dubitativa, sin suponer una reacción, porque no me dijo nada. A veces la suma de dos reactivos no tiene por qué dar un producto, sino una espera. Aprovecharía las vacaciones de navidad para reflexionar y a la vuelta me daría una respuesta.
Aquellas navidades se convirtieron en un largo y expectativo letargo en el cual solo pude desperezarme al volver a poner en marcha mi despertador. El día siguiente, por fin, sabría el resultado de esa complicada operación que es resolver una ecuación de dos cuando no sabes una de las incógnitas.
Y resultó que el valor fue positivo, muy pero que muy positivo. Aquella mirada cómplice de su sonrisa, que pudo decirme que sí sin que abriera la boca, se convirtió en la mejor respuesta que hubiese deseado. Respiré aliviado y miré al cielo. No buscaba a Dios, sino a mi suerte, o a mi destino, o a cualquier ser superior que hubiese obrado aquel milagro. Tras este favor divino, ahora me tocaba a mí cumplir con la promesa.
Lo primero que hice, fue disfrutar, porque, en el amor, no hay nada más importante que el equilibrio no buscado de placer dado y recibido. Cada instante de regocijo a su lado era materializado en un recuerdo puntual que guardaba, cuidadosamente, en una caja de madera. Un recuerdo desmigajado de esa tierna barra de pan horneada al fuego lento de sus besos. Los sueños más felices que tuve entonces, no eran sino fieles evocaciones de todos los segundos inolvidables que viví con ella.
Uno de mis deseos más frecuentes era poder hacer que ella también cumpliera sus sueños; un anhelo que me llevaba persiguiendo desde aquel día que escuché “érase una vez una niña que soñaba con volar…”
Desde bien pequeña, había sido educada por su familia para luchar por sus objetivos de forma racional y equilibrada, sin fantasías ni especulaciones. Sus metas debían ser realistas, sus sueños, posibles. Y yo quise demostrarle que, a veces, por amor, lo imposible se convierte en posible.
En cada cita, antes de quedar con ella, abría con ternura mi caja de madera, seleccionaba un pedacito de nuestra relación (alguna entrada de cine, el programa de la asignatura donde nos conocimos…) y lo coloreaba suavemente de azul mientras saboreaba en mi memoria el aroma de su alegría al regalárselos.
La expectación de los primeros días fue dando paso a una curiosidad creciente hasta el día que no pudo soportar más aquel misterio sin resolver.
- Esto que me regalas cada día que me ves…- indagó - ¿Qué es?... ¿hasta cuándo me lo
vas a dar?
- Un regalo por entregas, una promesa más bien.- contesté, con mesura.
- ¿Una promesa?
-Solo te diré que no son simples papeles azules. Son algo más.- dejé caer, envolviendo
mi respuesta con un matiz enigmático.
-Pero… ¿qué significan?- inquirió - Yo quiero saberlo…
-Está bien. Son trocitos de algo infinito, pedazos de nuestros recuerdos más especiales
- respondí sonriente. – Cuando, en Navidad, aguardaba tu respuesta, prometí a mi dios,
que es mi destino, o mi suerte, o incluso yo mismo, que si me concedía mi mayor deseo,
yo te regalaría tu mayor deseo…
- ¿Mi mayor deseo?- preguntó, extrañada, observando el papel azulado que tenía entre
sus dedos.
- Te estoy regalando el cielo a pedacitos. Así, con las alas de mi cariño, podrás volar en
él eternamente.