Vento nació dentro de un flan. Pero no de esos envasados con fecha de caducidad, no. Él nació
dentro de un flan tradicional de huevo.
Pasó sus primeras horas al calor del horno, disfrutando de dorarse poco a poco y meciéndose en su
escondite de leche.
Fue más o menos a medio día cuando consiguió la consistencia necesaria para sacudirse
suavemente sin deshacerse y, cuando decidió que ya era momento de adentrarse en la nevera.
Vento creció en su sillón de oro a través de los relatos de patatas y zanahorias. Tomó el sol, visitó el
centro de la tierra y se bañó en riachuelos de barro.
Charló con los yogures, siempre tan esbeltos pero tan inseguros. Alardeando de sus etiquetas para
ocultar el temblor por ser incapaces de mirar la fecha en su coronilla.
Rió, amó y jugó con los fríos pescados y las frutas de temporada. Fue en esa oscuridad blanca
donde Vento maduró navegando en su barco de canela.
Hoy, cuando despertamos, le encontramos con los ojos cerrados, acurrucado en su plato vacío y
con la panza llena de vida. Y de sus ojos salían lágrimas de caramelo.