Wolthorpe amaneció solitario y gris, como de costumbre. El único indicio de vida era el discreto humo que desprendían las chimeneas y el chirriar de un carruaje, donde vagamente se leía “Isaac Backery”. El vehículo avanzaba a trompicones emitiendo un horrible sonido que suplicaba clemencia. Finalmente llegó a su destino. La pastelería abría sus puertas y Claire esperaba nerviosa el regreso de su marido:
— ¿Qué tal ha ido, Paul?
— ¡Esa mujer está loca, me apiado de Inglaterra! ¡Quiere un postre con fresas en pleno diciembre!
— ¿A estas alturas? ¡Es una idea ridícula!
— ¡Desde luego!, aunque no creo que Catalina atienda a razones. ¡Sólo falta un día para la boda real!
Durante toda la mañana, Claire y su hijo Isaac anduvieron de mercado en mercado sin éxito. Pronto llegaría la hora de almorzar y las posibilidades de encontrar fresas se agotaban. Paul estaba realmente inquieto, asumiendo el inevitable enfrentamiento con la futura reina, y se aferró a su última esperanza: encontrar algún matorral rezagado en el bosque. Claire preparó la mochila de su hijo, le dio algunas indicaciones y se despidió preocupada.
Con tan sólo nueve años, Isaac había renunciado a relacionarse con los de su edad. Demasiados esfuerzos y muy pocas recompensas. En lugar de jugar, prefería pasar las horas observando a su alrededor en busca de respuestas que saciaran su voraz curiosidad. El bosque era una oportunidad perfecta.
Dejó atrás la aldea y se adentró en la maleza, hasta confundirse con los árboles. Después de dos horas caminando se detuvo en seco. No había logrado ni una sóla fresa, pero ahora en su cabeza surgía una duda: ¿por qué las ramas, las hojas y el agua caen hacia abajo? ¿Por qué no lo hacen hacia arriba o de lado? La pregunta rondaba insistentemente, mientras sus pasos abandonaban la espesura. Sin darse cuenta llegó a un frutal.
Desalentado ante la idea de volver a casa con las manos vacías se acercó a un manzano y trepó hasta la copa. Isaac abrió el macuto, lo llenó de manzanas y emprendió el camino de vuelta, consciente de que Claire comenzaría a impacientarse.
La pastelería era un completo caos de fogones, masas pasteleras, azúcares y especias. Isaac dejó caer las manzanas sobre una mesa y de nuevo volvió a ocurrir, uno de los frutos cayó al suelo. Otra vez hacia abajo, pensó. Paul y Claire deambulaban de un lado a otro intentando conseguir el postre perfecto, que se resistía. Finalmente y sin mucha conviccion, optaron por combinar las manzanas del bosque con uvas pasas y ron.
La pastelería cerró antes que de costumbre y sin embargo sus luces permanecieron encendidas hasta bien entrada la madrugada. Woolthorpe amanecía tan silencioso como siempre y tan solo se percibía el extraño sonido de un carro, que se dirigía al Palacio Real.
Nadie, en ese perdido pueblo, podía imaginar que la familia Newton sería conocida por algo más que por sus famosas tartas de manzana.