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El viaje de Zadua

16 de noviembre de 2010

La mirada de Zadua sonreía como nadie había visto sonreir a unos ojos. Brillaban como un faro sobre el mar en noches de luna nueva. Nueva como la aventura que se disponía a emprender, aunque ya fuese vieja en su corazón. Muchos años después, se disponía a empezar el viaje que siempre había soñado y que tantas veces dibujó en su cabeza. Ya estaba listo. Y mucho había tenido que pasar para que así fuera.
Para ello empacó lo auténticamente imprescindible. La única tecnología que se permitió fue el GPS que su padre le regaló hacía ya un par de cumpleaños. Se calzó las botas, anudó su pañuelo y se dijo – “¡alla vamos!”. Pulsó unas teclas en el aparato y en la pantalla aparecieron unos números. Abrió su cuaderno y anotó:

Día 1. 21 diciembre 2010.
Colmenar Viejo - 40º 59´ 28.71” Norte - 3º 74´ 58.22” Este.

Oteó el verde horizonte que tantos años le había rodeado. La emoción le embargaba. Sacó una moneda de su bolsillo y se dijo: -“Cara, por el norte. Cruz, por el sur”. La lanzó al cielo buscando su destino. Ruta Sur. Una sonrisa. Y anotándolo en su cuaderno, se marchó.

Tres años, tres meses y tres días después.

Día 1089. 24 Marzo 2014.
En algún punto entre las aldeas de Waihoki y Akarou, cerca de Hastings, Nueva Zelanda - 40º 59’ 28.11” Sur - 3º 75’ 57.63” Oeste.

"Han pasado mil ochenta y nueve días. Increíble. Y, al fin, estoy enfrente de mi destino. Ha sido un largo viaje, lleno de todo lo que un ser humano puede pedirle y no pedirle a la vida. Todo lo que deseé e imaginé se ha quedado pequeño. Todo, por hermoso que sea, acaba.

Rememoro el viaje y se me saltan las lágrimas. Parece ayer cuando partí de mi pueblo hacia Algeciras para cruzar hasta Tánger. Y de ahí, hasta la infinitud de lugares por los que he pasado. Atravesé, siguiendo la costa Mediterránea, Marruecos, Algeria, Túnez y Libia. En Alejandría, Egipto, me quedé dos meses, maravillosa ciudad donde tanto descubrí. De allí, pasé por Jerusalem, Tel Aviv, Damasco, Beirut y Trípoli. De Siria pasé a Turquía, un desvío sumamente acertado viendo mis días en Estambul. Tres meses después, cruce Bulgaria, Rumanía y Ucrania, desde donde nos adentramos en parte de Rusia para recorrer la dura travesía que supuso Kazakhstan, Kyrgyzstan y Tajikistan. Pero llegué a China, impresionante y bello país, sobre todo en sus zonas más rurales. Entre la India y Nepal estuve cerca de nueve meses, puesto que la vida me tenía reservados multitud de secretos en estas tierras. Partí de allí con pena, pero rápido se me pasó al conocer los siguientes paises de mi ruta, sus paisajes y sus gentes. Bangladesh, Myanmar, Laos, Vietnam, Camboya, Tailandia, Malaysia. Un auténtico paraíso en la Tierra. Y cuando recorrí las islas de Indonesia, el encanto que irradiaban lo cubrió todo, vida y sueño. De isla en isla, sentirse feliz era casi una obligación en estos lugares. Y así, llegué a Papua Nueva Guinea, desde donde pasé a Australia y recorrí a pie la ruta hasta Sydney, desde donde cogí el barco que me trajo finalmente a mi destino final: Nueva Zelanda.

Ahora estoy en el norte de esta gran isla. Tengo un algo en el adentro que esta a punto de explotar de la emoción. He viajado, en burro, en caballo, en coche, en autobús, en camión, en carros, en yaks, en tren, en barcos y barcazas de todo tipo, en avionetas y

en helicópteros. Hoy me propongo llegar a mi destino a pie. Tal como empecé. Si algo valió la pena, fue el viaje. Estar aquí, ahora, siempre fue una excusa. A fin de cuentas, lo que importa, siempre, es el camino. Porque al final de todos ellos, siempre empieza otro.

Yo nunca volveré a ser el mismo después de este sendero. Lo que era quedó lejos, y lo que soy, algún día, también dejará de ser. Por eso escribí día a día este diario: para nunca olvidar lo conseguido, y recordar lo que sentí. Y hoy, aquí, justo antes de terminar todo esto, me siento feliz. He cumplido otro sueño.”

Cerró el cuaderno.
Levantó la vista y volvió la observar la casita de madera que había descubierto en mitad de aquel bosque neozelandés. Caminó hacia su puerta. Otra casa en medio de la nada. Tenía que ser así.
Ya en la puerta, golpeó con sus nudillos tres veces y dio un paso atrás. Tras unos segundos que fueron eternos, la puerta de pino se abrió. Un hombre ya mayor, de pelo y barba larga y blanca, estaba en su umbral. El corazón Zadua latía con fuerza. Llegaba al fin el momento y, lleno de gozo, extendió su mano y le dijo:

-“Buenas tardes. Mi nombre es Zadua. Soy tu vecino más lejano del mundo”.

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