Albaricos Verdes

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Algo quijotesco

11 de febrero de 2011

En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía, un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor. Quino ha repetido estas mismas palabras desde hace siglos, el nuevo quijote. Está viciado por el juego; es un target que ha perdido sus orígenes en la adolescencia, como si siempre hubiera sido tal y como lo encontramos ahora. Ella es Dulce; viene sudando de la calle; hace mucho calor. Dentro de la habitación está nublado. Quino busca con frenesí la respuesta en Internet; no la halla.

—Otra vez. Me dirige al mismo error.

—¿Lo has leído?

—¿Qué, el manual? Sí, ahí está toda la información.

—Fue descatalogado, nadie conoce la historia.

—Internet, amiga mía, ¿en qué mundo vives? No me lo digas, no puedo entenderte, estás…es como si tú…

—Viviera en el mundo real, dilo. Pero no estoy tan fuera como te crees, es sólo que…estoy probando otras cosas.

Dulce se sonroja como la guinda de un pastel, y Quino, ya exaltado, le ataca como si del videojuego mismo se tratara.

—En la calle no hay nada, la gente que pasea por ella está muerta. ¿Con cuantas personas has hablado desde que sales por ahí? —le espeta Quino en un asalto final.

—Con ninguna.

—Déjame acabar, ¿tú has leído El Quijote, verdad? Creo que habla de nuestra virtualidad. Los paisajes son los desiertos de la pantalla, desiertos de jugadores y de historias por las que nos movemos. Hay que jugar mucho para recrear algo tan grande.

Por primera vez se miran a los ojos, por primera vez en muchas tardes idénticas a ésa.

—Acompáñame, daremos paseo por el desierto de ahí fuera, así se escribió el libro y así recrearemos el juego—. Dulce ya está en pie, le insta a levantarse pero el tiempo es algo que dejó de primar hace tanto, que Quino lo ha olvidado.

—Hace tanto que no…—insiste Quino debilitado.

—Vamos, ya no quedan recuerdos, sólo verás cosas nuevas para el juego, todo está ahí.

—No empecemos con eso.

—Llevaré la cámara.

—Llámame Quijote. —Le pide él como única condición, impulsado desde dentro.

Se deja llevar, como enamorado. Salen de un portal ennegrecido a una calle de barrio de una negación de ciudad. Caminan, sólo se trata de eso, ella toma una fotografía de él.

—Guapo—. Dulce le mira durante horas a través del objetivo de la cámara. —Quijote. —le llama, para que no se aleje demasiado—. Quijote, el jugador en el desierto.

Dulce se contagia de la duermevela, hace mucho calor, la pintura azul de los cielos los vuelve vulnerables. Quino le clava las uñas; mira a un hombre con pinta de vaquero, cubilete y de piel tostada, del mismo tono en el que es representada con frecuencia en los juegos de la pantalla. Hay que hablar con él, resuelve ella. Quino es incapaz de moverse, nunca ha hablado con desconocidos, en el sentido primario del verbo hablar.

Dulce ya lo sabe, que es guapo, y se aleja para fotografiar; toma una de Quino recortado en la puesta de sol, flaco y espigado, renaciente; otra del vaquero que camina hacia él; las siluetas de ambos le traen a Dulce algo de recuerdo a la mente, alguien que le decía “¿quién es de aquí, que esté vivo?”, y se alejaba, pues parece menester alejarse para marcar el ritmo de las cosas.

Toma la primera instantánea de los dos, olvidados de ella. Cuando vuelvan a encontrarse, no la recordarán. Ella da la vuelta, sacudida por la pérdida, deja el sol a su espalda; anochecerá. La calle desierta ha mutado sus colores. Cruza un galgo a su lado, gira sus pasos para dar alcance a la comunión de los elementos, tira la última fotografía al final de la calle; Quijote. Sancho. Rocín flaco y galgo corredor.

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