El tintineo de los vasos anunciaba otro amanecer lejos de la playa. Otro amanecer desteñido por estar lejos de mi casa, y abrupto, y algo triste, por tener que esperarle bebiendo en el espacio del mundo que queda por fuera de tu falda. Madrid era un desierto y aquella plaza de La Latina era el oasis perfecto para crápulas sin dinero suelto, para soñadores del deseo, para amantes de la cerveza en lata, para punkys, locos y ácratas. Mientras, silenciosamente, los árboles escupían anémonas de algodón, y por la calle Tabernillas asomaban los primeros rayos de Sol, las primeras luces que tosían nitrato sobre darbucas, cigarros y acordes aumentados.
La ciudad maldecía a los habitantes que quedábamos en ella, mientras que nosotros, bien por tedio o bien por resignación, combatíamos el calor con el sueño de que llegara otra nueva primavera o con un sándwich mixto de desazones en el Café Lorena.