Albaricos Verdes

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Un cadáver exquisito VII

15 de marzo de 2011

Fuera comenzó a llover de nuevo. El sonido del agua golpeaba con insistencia las vidrieras del gran rosetón, camuflando los quejidos de los tres hombres, perdidos y asustados sin su líder, Cisón.
Manslou sintió un escalofrío. Quien quiera que estuviese detrás de los asesinatos sabía perfectamente lo que hacía, y lo peor, sabía perfectamente quién era él. Haberle citado en Aquitania no podía deberse a una casualidad, eso seguro, pero… ¿qué estaba pasando por alto?
El detective abandonó sus pensamientos cuando los tres tipos se dirigían a la puerta:

- Yo de vosotros no haría eso, -grito Manslou desde el Presbiterio- A no ser que queráis mojaros, como ellos. -Dijo señalando la tétrica imagen a sus espaldas. Seguir Leyendo »

Fruto de la casualidad

15 de noviembre de 2010

Wolthorpe amaneció solitario y gris, como de costumbre. El único indicio de vida era el discreto humo que desprendían las chimeneas y el chirriar de un carruaje, donde vagamente se leía “Isaac Backery”. El vehículo avanzaba a trompicones emitiendo un horrible sonido que suplicaba clemencia. Finalmente llegó a su destino. La pastelería abría sus puertas y Claire esperaba nerviosa el regreso de su marido:

— ¿Qué tal ha ido, Paul?
— ¡Esa mujer está loca, me apiado de Inglaterra! ¡Quiere un postre con fresas en pleno diciembre!
— ¿A estas alturas? ¡Es una idea ridícula!
— ¡Desde luego!, aunque no creo que Catalina atienda a razones. ¡Sólo falta un día para la boda real!

Durante toda la mañana, Claire y su hijo Isaac anduvieron de mercado en mercado sin éxito. Pronto llegaría la hora de almorzar y las posibilidades de encontrar fresas se agotaban. Paul estaba realmente inquieto, asumiendo el inevitable enfrentamiento con la futura reina, y se aferró a su última esperanza: encontrar algún matorral rezagado en el bosque. Claire preparó la mochila de su hijo, le dio algunas indicaciones y se despidió preocupada. Seguir Leyendo »

El eterno banco

15 de noviembre de 2010

No fue extañó que Don Blas, el Bocasuelta, enmudeciera. Después de tantos años sin dejar de hablar, no tendría mucho que decir.

Recostado en su banco, Don Blas Bonito resistía sol y luna, mudo y distante. Mil veces intentaron que volviera a casa; y las mismas se mantuvo piedra.

Sin pretenderlo, el Bocasuelta se transformó en mobiliario de la plaza. Tan frecuentado como la fuente, el quiosco o la esquina de las putas; y tan ruidoso como una partitura en blanco.

A nadie hablaba ni escuchaba, sin embargo, los vecinos le atribuían sonrisas, gestos e incluso susurros inteligibles.

Poco después, su compañia se convirtió en algo habitual, sin emoción. Y entonces, Don Blas dejó de ser mobiliario urbano para convertirse en transparente. Los vecinos ya no le miraban.

Su lejana presencia bastaba para convencerles de que nada iba a cambiar en el pueblo. Y el bocasuelta hundido, putrefacto y arañado de sol permaneció sentado en su eterno banco, sin que nadie se percatara de su muerte.