Los ojos de Cisón se abrieron como platos.
- También debo hablar con Grango – dijo Asier desde el otro lado del teléfono.
La seriedad del rostro de Cisón se hizo más severa.
- No salgas del pórtico. En esta zona, cuando llueve así, ocurren cosas muy extrañas. Vamos a buscarte. Cisón se dirigió a un armario situado detrás de la puerta y saco dos ponchos impermeables de color gris metalizado.
- Acompáñame. - Le dijo a Grango arrojándole uno de los ponchos. Cuando terminaron de vestirse, cedió su revolver a uno de sus compañeros. - Si hace algo extraño, no dudes en dispararle.
Salieron rumbo a la Iglesia. En la habitación, los cuatro hombres permanecieron en un tenso silencio. Pasaron los minutos. Las miradas de los hombres se cruzaban entre sí. Media hora después, aún no habían vuelto. Quién sujetaba el revolver se asomó a la ventana. Seguir Leyendo »