Escuchó todo; la voz de ella, cayendo entrelazada con la lluvia, dirigía sin saber cómo, sin ser consciente, sus pasos fuera de la iglesia. Los demás no se atrevieron a seguirlo. Manslou tuvo que sentarse para escucharlo. Parecía un indigente a las puertas del gran templo. La lluvia, como ella, tampoco cesaría nunca. El fin del mundo, tal y como él lo veía. Conocer no es siempre aconsejable, no al precio que había comenzado a pagar. Ella era su mujer y Aquitania el lugar donde se conocieron. No podían morir aquellos hombres porque eran aquellos cuatro (y él se encontraba, incomprensiblemente, en el mismo lugar que ellos) sus hombres. Ya no habría ni uno más, juraba, pero tampoco entonces podrían quedar menos. Y en cualquier caso eran más de los que Manslou podía soportar. Había comenzado a odiarles, a imaginarles…si ellos no habían salido de aquel pueblo, era evidente, entonces ella lo había frecuentado demasiadas veces. Miró en derredor, estaba solo. Le exigió que volviera a su lado y restaurara la paz entre vivos y muertos, pues al fin y al cabo, era la única diosa que él conocía. Seguir Leyendo »